Las sombras, la brisa salada, la soledad, las proyecciones de formas, la luz citadina, la partida de alguien, el tiempo, la noche y la distancia relatan la fotografía.

[6:58 PM, 10/8/2020] <—- Esa era la hora en la que todo ocurrió, o más bien, comenzó. Todo se desató a esa hora, a las 6:58 pm, pero también y al mismo tiempo, a la 1:58am. Por algunas razones no era posible estar junto a él, junto a ella; el tiempo, la distancia, las actividades, el clima y las contingencias lo configuraban de esa manera y en pocas palabras: contacto desde la distancia. Nuestros hilos aunque en un momento fueron fuertes y tejidos, ahora solo se encontraban lisos, suspendidos, rozando. Solo se rozaban, porque esta distancia solo nos permitía estar en el intento de otra puntadas, de otro subir, bajar y enredar los hilos. Y así estábamos, así estaban nuestros hilos, tejidos en una parte y en otra lisos, suspendidos, colgantes y rozantes.

Tal estrepitoso movimiento de los hilos en las horas de 6:58 pm y 1:58am, fueron el aviso primero de un poema medio visual y en medio de sabores, texturas, colores y versos y frases que ardían en 089-980. Este es el código de los cómplices, más adelante podrá leerse en qué se descifra. Y de cifra en cifra, y de cosa en cosa, este acontecimiento, este aviso empezó en la cocina.

Ya olía a arepa quemada bañada con la humedad de la cocina rocosa y de bareque. La arepa me recordaba a él, a ella, me lola recordaba y me dije en mi estado 089-980 “hasta una arepita quemada te aceptaría con mucho gusto”, si él, si ella me la diese. Esta idea se iba terminando en una cuota chistosa y dulce; cómo así que recordar a alguien con una arepa quemada. Si se quema, como se quema la madera y se genera el carbón, bien podría engendrarse un diamante, un poderoso diamante que solo con el tiempo se hace y se muestra. No es más ahora que esta arepa quemada me suscita amor, me recuerda a alguien, y el recuerdo era en analogía como ese tiempo: tenía entonces, dentro de mí, un diamante, un precioso y preciado ser. Un alguien, aún sin nombre. Y claro, de memoria en memoria iba perfilándolo-la. Y digo lola porque aquí nadie sabrá, salvo por mi persona, si me refiero a mi cómplice como él, o ella. Hago la aclaración porque para algunos sería tan tórrido y fatal la mala ortografía, redacción, gramática y otros detalles que ya en lo presente, poco me importa.

Un desvarío o ramificación de lo que comenzó a suceder en esas horas, siempre ocurre. Ya como el comentario que acabo de hacer, ahora que se pueda entender el por qué se me quemó la arepa. Y así, con estos aromas quemados, secos, fuertes y negros, por primera vez hacía el amor al lado de esta estufa vieja y rechinosa. Por primero vez, yo, yo misma, me mostraba mi arepita quemada, la tenía en mis manos, aún cuando esta estaba ardiendo. Para mí fue toda una escena poética; mi mirada estaba enfocada en mis manos que asían la arepa rallada en líneas negras, quemadas, mis manos medianamente húmedas, con algunas gotas por el agua con la que había lavado los platos, y también sobre éstas yacía un fondo en vejestorio metal de la estufa, incluso con ciertas partes corroídas por el óxido. Fue alucinante, fue fulgurante cómo avanzaba cada segundo en una explosión de acontecimientos encadenados con detalles tan distinguibles, tan sencillos, tan hechos de vida como alguien estar en una cocina vieja. Y ahí yo estaba, en la cocina, siguiendo haciendo el amor con mis manos porque hacían, porque se movía, porque lavaban platos, porque se humedecían, se mojaban, porque se quemaban al coger la arepa, porque sostenían la arepa, porque exploraban la textura de la arepa para abrir campo a la mente con sus memorias y producción de ellas. Al frente de la estufa vieja y oxidada estaba yo, ya perdida, ya en el chiste de este acontecimiento en sucesión.

Pero lo que yo quiero no es perderme en mis chistes, sino que “me quiero perder contigo”. Eso pensé en mis adentros, eso me dije; me dije: “es que perderme contigo es encontrarme, perderme contigo es encontrarme, conmigo”. Es sencillo tal cual esa noche que implicaba dimensiones de tiempo, de presencias. Tal cual esa noche en que me encontraba en la cocina, con todo esto que he contado. Encontrarme es perderme contigo, perderme contigo es encontrarme, conmigo. Estas palabras, estas ideas que tejo hacen que me falte el aire, hacen que succione todo el aire aquí en la habitación que me encuentro. Este lugar es frío, no tiene muchos objetos, solo hay un par de plantas, una más pequeña que la otra, la zona de la cocina con su estufa vieja, mi colchón y un par de mesas. Y qué debo hacer, con este estado flaqueante con que estaba en mis adentros; el tiempo avanza y esta explosión del momento se iba esparciendo con más ríos de emociones, de sensaciones, de memorias, de deseos. Este andante momento me deja sin aire. Me pregunto, ¿aquí es morir de frío o tener aire? ¿Qué hago, acaso puedo decidir si tener aire? Pues, sin aire no me puedo quedar, que rico el frío al final. Y entro en calma, la espada, la estaca y ese estado flaqueante se opaca y mi tranquilidad llega por las cobijas que ahora me abrazan. “Tranquila, tranquila”, escucho en su voz, como cuando lo hacía en aquellos días en que bajo sábanas nos divertíamos, bien desnudos por sinceros y naturales. Sigo teniendo mis cobijitas y debajo de eso… Nada de tela. Nada de tela…

Toda explosión y sueños tiene su lugar, cada uno de ellos tuvo su ligar, en mí. Esa noche dormí cuando vi por primera vez la luz lunática. Desnuda. Botada de un mundo a otro y cada día más independiente. Así, como cuando me desconecté de un ser vivo para conectarme con otros seres vivos. Y aquí, como se siente, yo también quiero dar vida, vida a nuestra imaginación. Quiero tejerme, tejernos, soltarnos, rompernos, enlazarnos, anudarnos, colorearnos. A ver, vamos. Vamos allá donde nunca existimos porque de allí parte la creación. ¡Que rica la oscuridad! ¡Que rico lo que no conocemos! ¡Sí, ven acá, abajo de mi cobijita! ¡Oscuridad familiar mía! Ven aquí mi-hijita, entre mis tejidos que se van, ya idos en 089-980 que es, ¡Te extraño!