Un día y noche en Fotografía

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Chili es màs cariñosa durante la cuarentena. Salta sobre nuestra cama en las mañanas y se frota pidiendo caricias.

Primera luz del día

Chili es màs cariñosa durante la cuarentena. Salta sobre nuestra cama en las mañanas y se frota pidiendo caricias.
Si se observa la fotografía, el filo de la luz acaricia sin lastimar el cuerpo de la gaturra, se expande en el espacio y brinda leve claridad a los objetos y ropajes nuestros, les deja en penumbra para cuidar el misterio. Chili con su cuerpo estirado, suavemente recostado e inclinado hacia delante, besa la luz matinal y nos invitada al mundo exterior. Y las curvas de la integridad de su cuerpo, yendo màs allá de su cola, inauguran el oscuro espacio donde nuestros cuerpos otra vez yacen. Las ropas, el suelo, la puerta y la gaturra invocan nuevamente la existencia de una historia que a continuación se ha relatado en imagen.

La cicatriz

En ocasiones una foto es màs diciente de lo esperado. Un rostro, estructuras y sombras. ¿Cómo aparecen tantas historias en un momento, en una fotografía, en una imagen fija? ¿Cómo se relata a una persona en una foto de alguien màs? ¿Por qué nos gusta tanto la sombra? Y, ¿por qué hay miradas que parecen revelar màs que otras?

Para los ricos hay iFood

Has algunos que en su cuarentena optan por disfrutarla con demasìa, se dejan desvelar por aquello gustoso, pero ahora la pregunta es si en sì se estàn ocupando de sì mismos, si se ocupan de su inquietud de sì y de su conocimiento de sì.
Una verdad, saliendo de las verdades internas -que es lo referido en el pàrrafo anterior-, es la escasez de alimento para toda poblaciòn. En tanto algunos tienen alimento con demasìa, otros padecen de su inexistencia, o al menos la pobreza de èsta.
Seguidamente se podrà leer una historia que en continuo acaecimiento se evidencia en Colombia y, siendo màs especìficos, en Santa Marta. Por la Calle 12, un hombre en bicicleta oxidada, sin camisa, con pantaloneta a punto de caer desde sus caderas, un bolso de lado rojizo y deslichado, manchas de polvo que pintaban su piel, cuerpo estirado y delgado y unos churcos o rizos que dan nombre al costeño, rodaba por los senderos citadinos en busca de comida. Se detuvo ante las cuatro bolsas negras de basura que desde el balcón se divisan. Cuatro bolsas negras fueron revisadas detenidamente por este hombre para al final encontrar nada, nada que le fuese útil, siquiera para su casa, si quiera para su estomago. Y ya en ese mismo momentos en la que el hombre buscaba en la basura, con su mirada fija en ésta, un par de personajes -nosotros- tenían su mirada fija en el susodicho.
Fue un deleite de preludio ver vida en la calle, ver movimiento y una historia sucediendo. Fue en un comienzo un acto de contemplación, no por el disfrute del estado del Hombre, sino por poder tener la dicha de vivir y tener esta experiencia, que no es en otras palabras la realidad Samaria.
Pues bien, el tiempo paso hasta que estuvo a punto de marcharse en su bicicleta, cuando de repente un pequeño pregón pedía que esperara un par de minutos hasta que alguien, desde una puerta de madera lisa y alta, saliese de allí y le entregase un par de alimentos.
Fue asì como el mundo de tres personas cambiò por un momento, uno en una bicicleta feliz rodando entre la noche samaria y caricias sonoras del mar, y otros dos en un balcón entre bebidas, plàticas y sonrisas evocadas por el suceso.